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Hola.

If I want to get hired to do something, I should already be doing it. People can’t always see potential energy. Instead of allowing a current job description to stand in the way, turn off the Scrubs re-runs and start a side-project. Draw a picture, code a site, or write something and share it with the internet.

Trent Walton, You Are What You Eat

Me enganché con esta banda: Weezer.

Algunos de sus temas más superficiales me recuerdan a la música que escuchaba cuando era adolescente, y creo que por eso me gustan, porque me parecen divertidos. Por ejemplo: Buddy Holly, Undone, Perfect Situation y Troublemaker. Pero por cada canción “estúpida”, Weezer tiene una canción profunda —o al menos interesante—, como Do You Wanna Get High?, Say It Ain’t So, y Hold me. Es una linda mezcla.

Interesantemente, su disco Make Believe, que fue el que tuvo peor recepción entre sus seguidores, es el que a mí más me gustó.

De ahí salen canciones como Perfect Situation, en la que Rivers —líder y compositor de la banda— se pregunta en clave de humor si existe una lógica en esta vida por la que le sucede todo lo que le sucede. También, en la power balada Hold Me hay un pedido melancólico: “Eres alto como una montaña, profundo como el mar. Abrázame”. Finalmente, aparecen reflexiones interesantes: “Nunca pensé que podía haber alguien más importante que mis planes”.

Anyway. Esuchá mi playlist en Spotify: Lo mejor de Weezer

Disclaimer: Este artículo se escribió en abril de 2014, y utiliza cifras y suposiciones basadas en la situación argentina de ese momento. Muy probablemente, en el lapso de un año (o menos) la información de este texto haya quedado obsoleta.

Hace unos días debatía con alguien acerca de la posibilidad o imposibilidad que tiene un joven de irse a vivir solo, hoy en día, en Argentina.

No nos pusimos de acuerdo. Ella consideraba que con un sueldo de unos $7000 pesos —y una buena administración de los gastos— es perfectamente posible mudarse a un departamento y vivir independientemente. Yo opiné que, teniendo en cuenta los gastos básicos, ese dinero no sería suficiente. Pero después de revisar algunos números creo que, a fin de cuentas, la respuesta se encuentra a mitad de camino entre las dos opiniones.

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Me paran por la calle y me encajan un folleto de Peugeot.

—Hola, ¿querés comprar un auto?

—Hola.

—Tenemos muchos planes. Cuotas chicas, de 1800, de 2000. Vos elegís.

—Claro. ¿Ustedes quiénes son?

—Nosotros somos de San Nicolás. ¿Querés que te tome los datos?

—Mirá, en este momento no estoy interesado en…

—Pero no importa, capaz lo comprás más adelante. Dejame tus datos y nosotros te llamamos.

—No, sabés qué, mejor los llamo yo si llego a estar interesado.

—No, pero es mejor si te llamamos nosotros, así te explicamos bien.

—¿O sea que si llamo yo me van a explicar mal?

(Se ríe.)

—Dejame tus datos y te contactamos.

—No, gracias.

—¿No querés dejarme tus datos? Te llamo, dale. ¿No querés que te llame?

Cartel improvisado en "La gran muralla".

Cartel improvisado en “La Gran Muralla”.

A dos cuadras y media de donde trabajo hay un supermercado chino. Se llama “La Gran Muralla”. Las primeras veces que fui me llamó la atención la chinita que me cobraba en la caja: parecía de unos 17 o 18 años, y era como linda, pero me costaría explicar por qué. Después no la vi más. Me intriga un poco saber qué le pasó, si sus padres la habían traído a Argentina contra su voluntad, si se quería ir, si la hicieron volver.

Después, durante un buen tiempo, cada vez que iba me atendía algún chino distinto de la familia —es decir, creo que son una familia—. Excepto el viejito que parece ser el capo máximo: ese solía estar siempre sentado afuera, de piernas cruzadas, con alguna camisa hawaiana medio desprendida, hablando por Nextel o algo similar, con un aire yakuza, podría decirse. La mujer del capo tampoco me ha atendido muchas veces. Siempre está corriendo —literalmente, corriendo— por los pasillos, acomodando mercadería. La veo agacharse a juntar cosas y me recuerda un poco a esas películas asiáticas de terror, como El ojo, La llamada, El grito, donde los cadáveres se retuercen de una manera algo impresionante. Los que sí atendían en la caja eran dos o tres jóvenes, de los que ahora sólo queda uno. Y el capo máximo ya no está; hace meses que no lo veo. El personal va rotando.

Ahora trajeron a una nueva chica china que no me termina de caer bien: cuando me pide que le pague con el cambio justo me tira unos gritos casi violentos. Y además me suele dar golosinas en lugar de monedas, lo cual entiendo, porque muchos comercios lo hacen, pero me lo dice en un tono que pareciera no dejarme opción. Hay veces en que la agarro leyendo un libro para aprender español. Se nota que progresó bastante, pero todavía le falta: hay viejitas que le hablan de sus nietos mientras pagan y ella simplemente asiente y dice “sí, sí”. Creo no les entiende nada.

Paso por La Gran Muralla casi todos los días. Llevo yogur, o una lata de atún, para comer al mediodía en la oficina. Y cuando pago veo que tienen un maneki neko —que es japonés— sobre el mostrador, invitándote a que sigas comprando, o a que vuelvas. Vaya uno a saber, son un misterio.

—Hola —me dijo la empleada detrás del mostrador— ¿En qué puedo ayudarte?

—Mirá, pagué todas las patentes pero perdí el recibo, así que necesitaba que me hagan algún documento que certifique que está todo pago.

—Bien, el libre deuda necesitás vos, cuesta 40 pesos.

—Bueno —le respondí, sacando dos billetes de 20 de la billetera.

—Ahora te lo hago, dame un segundo. ¿Cuál es la patente?

—GLB 931.

(Consultó su computadora unos momentos.)

—Hmmm. Acá no me figura nada con esa patente.

—¿Cómo que no? —me extrañé.

—No, no figura nada. ¿Es una moto o un auto?

—Una moto.

—A ver… No, nada. Te voy a pedir que me traigas los documentos de cuando la patentaste.

—Bueno. Pero es raro, porque ayer mismo entré al sitio web de la provincia y pude imprimir las boletas.

—No sé, me fijo de nuevo.

(Dos minutos después.)

—Tu apellido es Calzolari, ¿no?

—Sí.

—Sí, acá me aparecen tus datos, pero no me figura ninguna deuda con esa patente.

—Es que justamente yo lo que quiero es un certificado de que no tengo deuda, de que pagué todo.

—¡Ah, el libre deuda necesitás vos!

—Claro.

—Son 40 pesos.

—Bueno —le respondí, con la sensación de estar viviendo un déjà vu y alcanzándole los dos billetes.

Lo que sigue es un pequeño cuento en inglés que escribí a principios de 2011. 

Frank looked at his coffee once again, still doubting whether to drink it or not. Finally, he decided it was too cold for his taste, and with an evident bad mood, put the cup on the little table of the room. He didn’t like hospitals, mainly because of the smell of cleanness and antibiotics, which, ironically, made him feel sick.

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